Por: Juan Bosco Tovar Grimaldo
A paso lento se aproximaba la caballada a un pequeño caserío perdido en los llanos de Catorce, allá donde divide el estado de San Luis Potosí con Zacatecas, atrás la polvadera del resto de los revolucionarios y apeados el resto de la brigada.
Habían pasado muchos días, y los villistas no habían probado ni siquiera una tortilla, las raciones de pinole y de quiote habían terminado. De pronto de uno de los jacales salió presurosa una gallina y la algarabía hizo presa de todos los recién llegados.
“Sí hay máiz, aquí hay máiz”, gritaron jubilosos montados en su cabalgaduras cubiertas por el polvo de los caminos y presurosos desmontaron para abalanzarse sobre el animal que buscaba un refugio.
Cuando la tuvieron en sus manos, la gallina fue levantada en un puño como señal de triunfo y de otro de los jacales salió llorosa una mujer, en el interior estaban velando el cuerpo de un hombre que murió a manos de una gavilla sólo por defender un marrano de engorda.
Una voz fuerte se escuchó: “Tropa… a caballo” y rápidamente empezó el despliegue, la gallina volvió al suelo y la solloza mujer la recogió para estrecharla en sus brazos como se cuida un tesoro, era lo único que les quedaba para comer.
A lomo de caballo, un hombre maduro comenta a su compañero de al lado: “Son tiempos muy duros, dicen que en la capital tampoco hay (máiz… sic) que ya se están comiendo hasta el salvado y el sorgo en gorditas y el compañero de a lado sólo asienta con la cabeza y un sonido sale de su boca reseca y de labios extremadamente partidos: “Hey”.
Ese hombre de estatura baja, ojos azules y gorra de cuatro pedradas no quiso hacer mayor comentario del lamento, porque era de los pocos en la tropa que sabían leer y escribir y por ahí había leído que el país estaba en caos, por un lado azotaba la rebelión villista contra el gobierno de Venustiano Carranza y por el otro la hambruna, una mala decisión del Presidente de cerrar las importaciones de insumos y enseres por el pretexto de que se estaban utilizando para traficar armas de Estados Unidos a México.
Y que esa decisión habría derivado en un boicot a nuestro país de no ingresar ni siquiera maíz y fríjol; por lo tanto, los campos abandonados por la revolución y la mala decisión presidencial dieron origen a la hambruna más atroz que ha vivido México y de la cual la historia se niega a reconocer.
Para la gente del campo sólo era conocida como “tiempos del hambre”, por eso atesoraban lo poco que les quedaba y que significaba alimento, pero también dio origen a grupos de bandoleros que amenazados por el hambre robaban lo que podían, en grupo y hasta solos.
El único alimento de los revolucionarios consistía en moler el poco maíz que encontraban para poder repartido en raciones de pinole y donde encontraban quiotes los asaban y se repartían en trozos. De ahí derivaba el error en los reportes de inteligencia militar de los Estados Unidos que planeaban el ataque a las fuerzas villistas. “Se alimentan de tierra que recogen del piso y comen pedazos de madera, por esos son muy resistentes”, cifraba el reporte.
La hambruna en México se prolongó por casi dos años y durante ese lapso murieron muchas personas a consecuencia de anemia aguda, deshidratación, diarreas y hasta envenenados, donde comían prácticamente todo lo que les proveía el monte.
(Fragmentos Revolucionarios)
De los relatos de Marcelo Grimaldo Moreno (QEPD)
jueves 1 de mayo de 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
1 comentarios:
Me encantó su blog.
Real de catorce será uno de mis Destinos. Aún no. Próximamente.
Mientras tanto, puedo soñar con la idea de real de Catorce.
Un abrazo.
Publicar un comentario en la entrada